En aquel barrio de las afueras de la ciudad era
conocido como el viejo Don Manuel… O “el viejo” a secas. Nadie sabía su edad,
pero seguramente rondaba los ochenta años. Era alto, aunque andaba algo
encorvado. Todavía conservaba una buena cantidad de pelo sobre su distinguida
cabeza. Siempre caminaba con su inseparable bastón de empuñadura de marfil y
acostumbraba a salir a la calle sobre las doce de la mañana para su paseo
diario…Nadie hablaba con él durante su paseo porque él no quería hablar con
nadie… No tenía amigos, ni familia, vivía completamente solo en aquella antigua
casa baja rodeada de altos edificios repletos de familias inmigrantes y de
gente humilde y trabajadora… Era un cascarrabias, pensaba que los demás le
querían siempre engañar y que no eran dignos de dirigirse a él…“¡Cómo ha cambiado el barrio! ¡Cuántos inmigrantes viven
ahora en mi querido barrio de siempre! ¡Cuánta clase baja! ¡Antiguamente sí
había gente de bien y orden!” –pensaba el viejo Don
Manuel–.
Una noche, pasadas las doce, los vecinos vieron
que de la casa del viejo Don Manuel salía un humo negro y espeso. “¡La casa
del viejo se está quemando! ¡Y con él dentro!” –gritaron los vecinos–. Un joven
magrebí saltó por la ventana de la casa, su cuerpo se derretía por el intenso
calor de la vivienda, buscó a Don Manuel, que yacía inconsciente sobre el suelo
del salón, le cogió en sus brazos y le sacó a la calle con delicadeza…
Tendido en la acera, el viejo Don Manuel recobró
la consciencia y pudo contemplar que todos sus vecinos le rodeaban… ¡Le habían
salvado de una muerte segura entre las llamas! Sus vecinos le contaron que
aquel joven magrebí, llamado Ahmed, había arriesgado su vida por salvar la
suya, entrando en la casa y rescatándole cuando el fuego estaba a punto de
acabar con todo… Ahmed tenía quemaduras por todo su cuerpo pero solo estaba
preocupado por el estado y la salud de Don Manuel…
El viejo Don Manuel no pudo reprimir sus
lágrimas, “un hombre joven,
con toda la vida por delante, ha arriesgado su vida para regalarme a mí, que
soy un viejo, más vida”, –sollozaba
desconsolado–.
Desde aquel día, ya no era el viejo Don Manuel,
le gustaba que sus vecinos le llamasen Manu, como cuando era joven… Ahora
quería hablar con todos ellos, ayudarles, pasear junto a todos sus amigos… A
Ahmed y a su familia (tenía mujer y tres hijos) les acogió en su casa y le
trató como si fuera su hijo… Aquella noche en la que le salvó la vida, acababan
de desahuciar a Ahmed que llevaba más de dos años en paro… El nuevo Manu era
feliz y quería hacer feliz a los demás. Ya no se quejaba de nada, su barrio era
el mejor barrio de toda la ciudad porque en él no vivían inmigrantes ni gente
de clase baja… Vivían corazones…

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