Se llamaba Manuel aunque
atendía por el nombre de Lolo. "Lolo el pobre" le llamaban los niños
del barrio; y él se sentía importante porque participaba en sus juegos
contemplando la bella danza de la peonza de Enrique, la pelota azul de Carlos y
las nuevas y relucientes canicas de Andrés. Jugaba en aquella plaza de árboles
centenarios hasta las seis de la tarde, hora en la cual sus amigos se iban a
sus casas a merendar.
Lolo nunca merendaba.
Esto era lo único que
tenía. Esto y hambre, demasiada hambre para un niño. Lolo se alimentaba de lo
que los vecinos del barrio le regalaban: un trozo de pan, una manzana, un plato
de lentejas, algo de leche... y a veces nada, que siempre compartía con su fiel
mascota.
Pero era feliz porque sus
amigos cada tarde jugaban con él.
Aquella noche, como todas
las noches, Lolo se tumbó en un banco del parque y tapándose con unos cartones
para combatir el frío empezó a dormir junto a su inseparable gato…
A la mañana siguiente,
cuando el sol iluminaba su rostro, despertó y se encontró en una cama suave de
suaves sábanas y suaves sueños. Se hallaba en una hermosa habitación de colores
y un hombre vestido con elegante uniforme le ofrecía una bandeja con un
suculento desayuno. Lolo dudaba, porque no sabía si lo estaba viviendo era
realidad o sueño, pero aceptó aquel desayuno que devoró quedando satisfecho. Se
levantó de la cama y aquel hombre, llamado Ambrosio –como todo buen mayordomo
que se precie-, le ayudó a vestirse con ropas limpias para, posteriormente,
llevarle a conocer su nueva casa.
Mientras recorría la
inmensa mansión, Ambrosio le explicaba que ya nunca más sería pobre y que
tendría todos los juguetes que quisiera: una peonza como la su amigo Enrique,
una pelota como la de Carlos, unas canicas como las de Andrés… Y muchos
juguetes más.
Lolo no se lo creía y se
pellizcaba continuamente el brazo para averiguar si era realidad lo que estaba
sucediendo. A Lolo ya nunca le llamarían “Lolo el pobre”.
Estaba tan contento que
quiso invitar a sus amigos a merendar en su nueva mansión. Lo tenía todo
preparado, sería una merienda repleta de bocadillos de mortadela y de
chocolate. Llamó a Ambrosio para que avisara a sus amigos y éste marchó a
buscarlos. Lolo esperaba impaciente a sus amigos para celebrar que ahora era
rico… Al cabo de un rato, Ambrosio llegó y le informó que sus amigos no podrían
acudir a la fiesta… Enrique ahora se dedicaba a recoger cartones por la calle
para poder mantener a su madre ciega, Carlos limpiaba coches en los semáforos
para poder comer y Andrés estaba en un centro de menores por su adicción a las
drogas.
- ¿Cómo es posible que sus
amigos fueran ahora pobres siendo el tan rico? –Pensaba Lolo-.
Por eso, decidió ayudar a
sus tres amigos; tenía esta intención, pero como ahora era rico, no tenía
tiempo e hizo nuevos amigos ricos para jugar con ellos. Y se compró un gran
gato, envidia de los de su raza, dejando de lado a aquel cojo que un día
salvara…
Y Lolo lo todo lo tuvo
pero ya nunca jamás fue feliz. Ahora sí que era pobre, tan pobre, que sólo
tenía dinero…
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