Acabo de cumplir un año y he
decidido, en este gran momento de mi vida, escribir mis memorias. (Que nadie se
asuste, pero todos los niños nacemos sabiendo leer y escribir y lo que pasa a
nuestro alrededor. Pero, como los mayores nos miman tanto, preferimos
callarnos).
Pero hoy, en este día tan
especial, ya es hora de plasmar mis recuerdos en una hoja en blanco. Le he
quitado a mi hermano Javi un folio y un bolígrafo y me dispongo a empezar.
Me llamo Jesús Manuel
Froilán Sebastián de Aguirre Conde y… No me acuerdo más, tengo muchos apellidos
pero al final todos me llaman Chuchi. Bueno, yo nací hace un año en la
maternidad más importante de la ciudad, que además de ser privada te atienden
muy bien. (Antes de seguir con mis memorias, me gustaría decir que yo he nacido
en una familia rica y nunca me ha faltado de nada. Siempre he tenido comida y
he ido vestido con ropitas buenas y caras).
Al salir de la clínica,
donde me cuidaron estupendamente (acorde con la factura que pagaron mis papás),
ya nos estaba esperando el chofer al lado de un lujoso coche. Me montaron en el
automóvil y me llevaron al que sería mi futuro hogar, una gran mansión de cinco
plantas, doce habitaciones, catorce cuartos de baño y tres cocinas. Un jardín
enorme con una fuente de chorritos y un garaje para diez coches.
Pero por el camino vi cosas
que no me gustaron nada y que ya me enfrentaron con la realidad más dura del
mundo. En un semáforo había una mujer vestida con ropas sucias y viejas, pidiendo
dinero para poder comer. En sus brazos llevaba un bebé de mi misma edad, que
dormía plácidamente, tal vez ajeno a las ocupaciones de su madre. Daba pena
verles a los dos. En ese momento yo pensé que, siendo mis papás tan ricos,
ayudarían a la mujer y a su hijo, pero no fue así. Pasamos de largo y llegamos
a la mansión.
En aquella casa todos me
cuidaban mucho y me regalaban tantos juguetes que a mi no me daba tiempo a
jugar con todos ellos. No me faltaba absolutamente nada. Me daban para comer
los mejores potitos del mercado, utilizaban los pañales de moda, mi cuna era la
más cara y mi habitación estaba adornada con las últimas tendencias en
decoración infantil.
Cuando salía con mis papás
de paseo, cosa no muy frecuente por sus ocupaciones, yo iba en un carrito que
era la envidia por su diseño moderno y sus grandes prestaciones. Íbamos al
centro comercial y mi papá siempre le compraba a mi mamá alguna pulsera, anillo
o gargantilla de oro, que ella nunca se ponía… A mi también me compraban mucha
ropa, aunque ya tuviese dos armarios repletos, y más juguetes para mi pequeño
ocio infantil.
Algunas veces, mientras
paseábamos, veía a muchas personas que, como la mujer del semáforo, pedían
ayuda para poder vivir. Yo tenía ganas de darles todo lo que me habían comprado
mis papás, pues a mí no me hacían falta, pero como era un bebé no podía
hacerlo. ¿Por qué mis papás, en vez de hacerme tantos regalos, no gastaban su
dinero en ayudas a aquellas personas? ¿No tendrían los mismos sentimientos que
yo?
Casi todas las noches,
mientras mis papás dormían, me levantaba para leer los periódicos y enterarme
de todas las cosas que ocurrían en el mundo. En muchas ocasiones los periódicos
traían fotografías de niños desnutridos y mi me daba pena contemplar a aquellos
niños que malvivían con muy pocas cosas. Al principio no quería ver esas fotos,
pero salían tantas veces que era inevitable mirar.
¿Por qué vivo tan bien y a
estos niños les falta lo más mínimo? ¿Nadie se preocupa de cuidarlos? ¿Quién se
encarga en el mundo de repartir las riquezas? ¿Qué piensan los mayores de todas
estas cosas? ¿No se estremecen al contemplar tan duras imágenes? ¿Cuándo sea
adulto seré tan insensible como ellos? Con lo fácil que seria compartir mis
potitos, mis pañales, mi cuna, mi carrito, mi ropa y mis juguetes con el hijo
de aquella mujer del semáforo… Pero solamente soy un bebé… Cuando tenga dos
años y sea mayor, se lo plantearé a mis papás. Ya es hora de que se den cuenta
de las necesidades del mundo…
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